En la vida hay oportunidades,
falsedades y otras verdades
unas solas y otras pares
Un padre y una madre,
más odio es solo uno
y superior sentido
no hay ninguno
En tu día hay oportunidades,
falsedades y otras verdades
unas solas y otras pares
La ética y una moral
mas clase es sólo una
de las personas sin clase,
no se distingue ninguna
viernes, 13 de enero de 2012
¿Qué es lo que pasa?
que tumulto me acallas
¿realmente estás ahí?
(es que tu piel resuena)
y mis paredes rayas.
El cielo no te abriga
¿pero en el suelo te tejes?
con tu presencia he nacido
por favor no me dejes
te veo, -no!- bien tú me ves
impresiones en mi olvido
en días impares me das!
estamos todos ausentes
entre barro, tierra -la faz-
que tumulto me acallas
¿realmente estás ahí?
(es que tu piel resuena)
y mis paredes rayas.
El cielo no te abriga
¿pero en el suelo te tejes?
con tu presencia he nacido
por favor no me dejes
te veo, -no!- bien tú me ves
impresiones en mi olvido
en días impares me das!
estamos todos ausentes
entre barro, tierra -la faz-
jueves, 5 de enero de 2012
¡Oh, cuán efímeros se tornan mis días!
La arrogancia y el orgullo
irrumpen sin reyes ni césares.
Ya no quedan maestros generosos como los de antaño,
esos que idearon las primeras hazañas del mundo,
gloriosos en sus vida, renombrados en las canciones.
Quienes han blandido el escudo del honor y el señorío
se alejan;
el fervoroso esplendor de las viejas espadas de a poco se
mustia.
¡Dolorosa ventura! Débiles y pusilánimes
ahora nos gobiernan,
al amparo de la luz agonizante
de las dilaciones y la cobardía.
¡Cuánta añoranza en la nobleza perdida:
espíritus ardientes, pensamientos poderosos!
Él lo sabe y se lamenta: conoce a sus compañeros
perdidos,
hombres fuertes y leales devorados por las mareas,
conducidos oscuramente por las mismas olas
hacia el umbrío páramo que se extiende en el fondo del
océano.
Cada vez que la vida cede, el cartílago afloja;
asalta la edad y los rostros se ajan:
entonces ya no habrá congojas ni deleites para el cuerpo.
Mañana volverá al silencio;
los miembros estarán crispados, en eterna rigidez:
carne yerta, despojada de vida,
incapaz de saborear lo dulce o de sentir el roce de la pena.
Un hombre puede sepultar a sus hermanos muertos
cubriendo sus tumbas con todo el oro
que les perteneció; sus cuerpos enterrados serán así
el más preciado de sus tesoros.
Pero el oro que acumularon en este mundo
no podrá aliviar la ira de Dios
ante sus almas cargadas de culpas,
que en poco tuvieron los favores del cielo.
Caro es el precio de la vida.
De nada sirve jactarse de la fama o la abundancia.
No hay dádivas que sean capaces de sobornar
los inescrutables designios de Dios.
El sabio y el necio perecen por igual.
Sus tumbas serán sus moradas para siempre
aunque nombre a su tierra hayan puesto.
Por eso bienaventurados los humildes,
aquellos que al cielo temen
y ponen sus almas a disposición del Señor.
El pesar desgarra sus ojos:
entre despojos recuerda a sus mayores, sus compañeros
caídos,
en la hora postrera, pasto de gusanos, heridos por el
destino,
estremecidos por las garras de la muerte
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Wraecca
De súbito recuerdas
aquella piel tersa
aquella piel tersa
de felicidad que engendra
la sensación adversa
que sólo te condensa
Acordarse del hecho
que compartí mi pecho
mas lo dicho en tu lecho
sin sentirme satisfecho
tu recuerdo desecho
es deber que acompañe
y converja en saudades
llena de mezquindades
más bien no te apiades
de mis cinco falsedades
Escucha claro una vez
queda en mí un entremés
entre abierto en mi piel
que no encuentra revés
y que espera no estés
Sólo pronunciabas -salida-
¿que pasaba por tu vida?
parece no haber guarida
ni en tu boca, pequeña nociva
ya ni un rastro de saliva.
miércoles, 4 de enero de 2012
No dejo
No dejo de repetir el primer verso
y corregir la palabra
-"puse la mesa para seis"...
Te olvidaste de uno, el séptimo.
Estáis tristes los seis.
Ráfagas de lluvia cubren vuestros rostros.
Cómo pudiste, en esa mesa,
olvidar al séptimo, la séptima..
Están tristes tus huéspedes,
aburrida la garrafa de cristal.
Desconsolados ellos, desconsolado tú,
y, más desconsolada, la que olvidaste invitar.
Sin alegría, sin brillo
ah, no coméis ni bebéis.
¿Cómo pudiste olvidar el número?
¡Cómo te confundiste en el cálculo?
¡Cómo pudiste, cómo osaste no entender
que seis (dos hermanos, el tercero
-tú mismo- con tu mujer, y los padres)-
eran siete- puesto que yo no existo.
Pusiste la mesa para seis,
pero no se reduce el mundo a seis.
Para ser un espantajo entre los vivos,
prefiero ser fantasma, con los tuyos,
(los míos...)
tímida como un ladrón
¡sin rozar un alma siquiera!
Me siento en el lugar -la séptima -
delante del cubierto que no has puesto.
¡Por fin! ¡Volqué mi vaso!
Y todo lo que era preciso derramar,
-la sal toda de mis ojos, toda la sangre de las heridas-
desde el mantel al parqué.
Y ningún féretro, ninguna separación.
La mesa exorcizada, la casa despierta.
Como la muerte en un banquete de boda,
yo, la vida, presenté en esa cena.
Nadie, ni hermano, ni hijos, ni esposo,
ni amigo; y un reproche, pese a todo:
tú -que pusiste la mesa para seis almas,
ni siquiera me pusiste en un rincón.
y corregir la palabra
-"puse la mesa para seis"...
Te olvidaste de uno, el séptimo.
Estáis tristes los seis.
Ráfagas de lluvia cubren vuestros rostros.
Cómo pudiste, en esa mesa,
olvidar al séptimo, la séptima..
Están tristes tus huéspedes,
aburrida la garrafa de cristal.
Desconsolados ellos, desconsolado tú,
y, más desconsolada, la que olvidaste invitar.
Sin alegría, sin brillo
ah, no coméis ni bebéis.
¿Cómo pudiste olvidar el número?
¡Cómo te confundiste en el cálculo?
¡Cómo pudiste, cómo osaste no entender
que seis (dos hermanos, el tercero
-tú mismo- con tu mujer, y los padres)-
eran siete- puesto que yo no existo.
Pusiste la mesa para seis,
pero no se reduce el mundo a seis.
Para ser un espantajo entre los vivos,
prefiero ser fantasma, con los tuyos,
(los míos...)
tímida como un ladrón
¡sin rozar un alma siquiera!
Me siento en el lugar -la séptima -
delante del cubierto que no has puesto.
¡Por fin! ¡Volqué mi vaso!
Y todo lo que era preciso derramar,
-la sal toda de mis ojos, toda la sangre de las heridas-
desde el mantel al parqué.
Y ningún féretro, ninguna separación.
La mesa exorcizada, la casa despierta.
Como la muerte en un banquete de boda,
yo, la vida, presenté en esa cena.
Nadie, ni hermano, ni hijos, ni esposo,
ni amigo; y un reproche, pese a todo:
tú -que pusiste la mesa para seis almas,
ni siquiera me pusiste en un rincón.
Había pasado ya el mes de agosto de 1914.
Y setiembre... octubre... noviembre... diciembre...
La guerra había adoptado consecutivamente los nombres de Thann, Grand Couronné y Charleroi; luego el de Marne y la Carrera hacia el Mar; y finalmente los nombres de todas las trincheras que se extendían entre Flandes y Suiza.
Ahora, el hielo había hecho presa del frente.
Ahora, tras esa inmensa muralla invertida en la tierra, la gente toda pensó que sus costumbres y las costumbres de su pequeño universo estaban destinadas a perdurar para ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos.
Los soldados llevaban aún el mismo pantalón rojo.
en los grandes bazares aún había un sinnúmero de objetos que costaban un céntimo. Y siendo Presidente de la República el señor Poincaré, en los consejos de gobierno no reaparecerían los mismos ministros, tan conocidos ya que todos los franceses los sentían casi como parte de su propia familia. Ni siquiera la oposición había cambiado de timonel desde hacía un tercio de siglo. Su jefe era aún Clemenceau.
Sólo los moribundos sentían tal vez confusamente que se deslizaban hacia otro mundo. Y también ellos, como los demás. se aferraban al viejo.
El suboficial había recibido sus heridas en los grandes combates librados sobre el Marne, mientras el ejército alemán se batía ya en retirada. Era un soldado de carrera en la plenitud de la vida y de rasgos nítidos como los de un busto romano. Un centurión. El entrenamiento físico había endurecido en tal forma su cuerpo, que en sus primeros tiempos de hospital se deleitaba distendiendo los músculos del tórax y demostrando la asombrosa resistencia de esa suerte de coraza: en ella no penetraban las agujas.
El estallido de un obús le había abierto el vientre.
Le operaron tres veces sin anestesiarlo, pues no había cloroformo. Era la época de la sodpresa y de la indigencia.
Se carecía de todo: personal, vendas, medicinas. Los heridos llegaban con gusanos en sus llagas.
A algunos de ellos, forzados a soportar conscientes el escalpelo, las tijeras y la sierra de los cirujanos, se les sujetaba por muchos hombres robustos. Sus gritos se escuchaban desde lejos. El suboficial, en esas ocasiones, se había llenado la boca de trapo. Terminada la intervención, el trapo estaba hecho jirones, pero el suboficial no se había movido ni había dejado escapar un solo lamento. Tenía los dientes fuertes, sanos y parejos.
Durante mucho tiempo, el estado del herido no inspiró preocupación. Las operaciones habían tenido éxito.
La herida adquiría un bello color rojo. La carne poderosa trabajaba por su curación. El suboficial dormía y comía normalmente, y cada mañana pensaba con placer que se acercaba más al momento en el cual vería nuevamente a su sección. Le gustaba comandar rudamente a esos hombres rudos y reposar luego junto a muchachas de amplias caderas. Sentía con intensidad el llamado de la vida.
Pero una noche su sueño no fue tan apacible como de costumbre. Su despertar no fue normal, y el suboficial comenzó a percibir ese olor. Era azucarado, dulzarrón. Un almizcle podrido. Como sus vecinos no lo habían percibido aún. el suboficial comprendió que emanaba de su propia persona. Cuando acudió el cirujano y deshizo los vendajes, el olor invadió de golpe toda la sala. Todos volvieron la cabeza hacia el suboficial. El cirujano se retiró con la certidumbre de que el hombre estaba perdido. Nada se podía hacer entonces contra la gangrena.
El suboficial logró resistir muchas semanas más de las que parecía posible que resistiera. El mal sólo avanzó poco a poco en ese cuerpo tan bien ajustado. Pero hacia fines del año era ya todo pobredumbre, y su olor llenaba la vasta sala con su miel fétida.
Entonces transportaron al suboficial - que ya no reconocía a nadie - a los altos del hospital, abandonándolo allí en una buhardilla. Otros necesitaban su lugar.
Hacia la medianoche, en el desván entró un muchacho con blusa blanca. Demasiado joven para ser soldado, actuaba en el hospital como camillero; no se hallaba de guardia, pero al volver a su casa sintió la necesidad de ver una vez más al hombre que había transportado a su llegada de la ambulancia al lecho, a la mesa de operaciones en repetidas oportunidades, y finalmente, a su camastro de moribundo. Había querido mucho al suboficial, porque relataba la guerra como un libro de estampas. Pero el muchacho no se atrevió a avanzar de inmediato. El olor...
Sintió que se sofocaba en un agua espesa, en un zumo de inmensas flores venenosas en descomposición. "No podré quedarme... Una mirada a su rostro... luego me iré", pensó el muchacho. Se aproximó al lecho. El suboficial tenía las mejillas de color rojo encendido. Sus ojos permanecía abiertos, pero estaban ciegos. Sólo vivía en él un débil estertor y sus dedos que parecían buscar algo. El joven camillero cogió un taburete de paja y se sentó junto al moribundo. Ya no pensó en partir. Se sentía incapaz de dejar al suboficial solo en su lucha monstruosa.
Lo retenía también una curiosidad invencible, casi augusta. Su mano tocó esas manos que se agitaban sin cesar y de inmediato fue su prisionero. La mano del suboficial había encontrado al fin lo que le era indispensable: otra mano. Y éstas permanecieron ligadas durante horas en el olor dulce y negro de la gangrena. Cuando agotado y deshecho, el joven camillero intentaba cambiar de posición, se lo impedía una presión casi insensible, a la que nada podía rehusar.
En el hospital se reanudó el servicio. Una enfermera, tan joven y frágil que parecía una pequeñuela, abrió de pronto la puerta. Retrocediendo levemente a causa del olor, pero viendo al visitante, se aproximó rápidamente a él y le dijo con voz ahogada:
-¿Tú aquí?¿Toda la noche, Richard? Vete a casa...
Yo velaré.
-Imposible, Cri-Cri-susurró el joven.
Y le enseñó su mano cautiva. Juntos esperaron el fin.
La mano del suboficial cayó, y la muchacha le cerró los ojos.
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martes, 13 de diciembre de 2011
Están rezando por ti Cathy,
Diré una plegaria con ellos,
La repetiré hasta que mi lengua se seque.
Catherine Earnshaw:
Ojalá no descanses mientras yo viva,
Yo te maté persigueme, persigue a tu asesino
Se que los fantasmas han bagado por la tierra
Acompáñame siempre, toma cualquier forma, enloquéceme
Pero no me dejes sólo en esta obscuridad donde no puedo encontrarte.
No puedo vivir sin mi vida
No puedo morir sin mi alma
sábado, 26 de noviembre de 2011
Aquel día me morí
Estabas viendo todo
Pero aun con el sentir
De mi piel en lodo
Será que el amor es autodestructivo
Por lo mismo lo rechazo, trato evadirlo
Será que solo causa ese efecto nocivo
Pero no hay opción cuando se trata de sentirlo
Y luego la náusea. Que siempre me relaja
Mi felicidad, no es más que un sucedáneo del sueño
Y me parece que en eso, la muerte toma ventaja
aunque a la llevadera no le importa mi empeño
¿Y cómo es que aún, no se han dado cuenta?
Aquel mal que tropieza, es como el conocimiento
Y el tormento que te reduce y que atropella
Aunque tus signos acusen ya del padecimiento
En lugares de trasfondos y profundos rojos
Es dulce pero cruel, el bailar de la muerte
Me río, me abraza, después me acongojo
Tierra y espíritu, ósculo a la materia inerte
Y en aquél momento
Que el espectro me reclame
Ya me alejara el tormento
Del pensamiento infame
Estabas viendo todo
Pero aun con el sentir
De mi piel en lodo
Será que el amor es autodestructivo
Por lo mismo lo rechazo, trato evadirlo
Será que solo causa ese efecto nocivo
Pero no hay opción cuando se trata de sentirlo
Y luego la náusea. Que siempre me relaja
Mi felicidad, no es más que un sucedáneo del sueño
Y me parece que en eso, la muerte toma ventaja
aunque a la llevadera no le importa mi empeño
¿Y cómo es que aún, no se han dado cuenta?
Aquel mal que tropieza, es como el conocimiento
Y el tormento que te reduce y que atropella
Aunque tus signos acusen ya del padecimiento
En lugares de trasfondos y profundos rojos
Es dulce pero cruel, el bailar de la muerte
Me río, me abraza, después me acongojo
Tierra y espíritu, ósculo a la materia inerte
Y en aquél momento
Que el espectro me reclame
Ya me alejara el tormento
Del pensamiento infame
jueves, 24 de noviembre de 2011
El Pasado
Pesa sobre mis hombros
El clásico tormento,
Un monstruo me persigue
Como la lona al viento.
Satélite fantasma
De un astro pensativo
O trasgo siempre errátil
De un muerto vengativo.
Es viejo y es rugoso
Como un arial eterno,
Su barba, más estéril
Que un pino en el Invierno.
En su pupila turbia
Donde Satán reposa
En veces hay presagios
De una nube tempestuosa,
Y en veces se ve en ella
Brillar la lastimera
Desolación del trágico
San Pablo de Rivera.
Y es puñal otras veces
Que en el pecho se espacia
Como las firmes hojas
Forjadas en Dalmacia.
De insatisfechas ansias
Hablan en su semblante,
Sus túmidas varices
De palafrén piafante.
Cansadamente, como
Las de un gran cuadrumano,
Le cuelgan las orejas
De sátiro. Y su mano
Que sabe de las flechas,
Es gruesa y dilatada
Como cadera informe
De una mujer gozada.
Hay en sus palideces
El infamante brillo,
La sordidez del sórdido
Mendigo de Murillo.
Los harapos, banderas
Palpitantes al viento
Del odio, mal le cubren
Las carnes. El lamento
Golpeante de la tisis
Remece sus pulmones.
(Jaulas que se derrumban
A un forcejear de leones.)
Y bajo sus andrajos
Una gran llaga impera,
La llaga que la carne
De Job ya conociera.
De un borroso diseño,
De un satánico esbozo,
Parece su figura
Salida.
Trozo á trozo,
A vera de los campos
Esparce su carroña,
Negros brotes que un árbol
De Maldición retoña.
El repugnante aroma
De los grandes protervos
Los caminos le puebla
De bandadas de cuervos,
Menos negros que el fondo
De su interno edificio
Donde entre ruinas yergue
Su ígneo Trianón el Vicio;
Y reinan, capitanes
De ejércitos triunfales,
Los siete omnipotentes
Pecados Capitales.
Lujuria le consume
Como un incendio á un monte.
Tal asieron las sierpes
Al viejo Laoconte.
Por sus arterias, causes
De purulento riego,
Hace correr efímeras
Cataratas de fuego.
Y movimientos pone
Temblorosos y tardos
En sus dedos, sarmientos
De ponzoñosos cardos.
Los lobos de la Ira
Que en sus apriscos duermen
Le muerden las mejillas,
Que pústulas en germen
Semejan. Y él semeja,
Con la lengua jadeante
Y los ojos cansados,
Un reo agonizante.
Envidia le extravía
La punzante mirada,
Cuando Pierrot pasea
Del brazo de su amada,
O cuando Colombina
Regocija á Febrero
Con un reír jocundo,
Con su charlar ligero.
Pereza, su nodriza
De pezón rojo y tierno,
Se abandona en los valles
Que ha blanqueado el Invierno.
Allí, resto aventado
Por insegura mano,
Sus harapos negrean
Sobre el blanco océano.
Y nada, ni la nieve
Que enfanga, ni los vientos
Helados que le rajan
Los labios supurentos,
Ni la coz de la bestia
Que lleva al campesino
Rumbo á su choza, nada
Se arroja del camino,
Mientras el Sol en su alto
Belvédere se encierra
Y duermen infecundas
Las ubres de la Tierra.
Pesa sobre mis hombros
El clásico tormento,
Un monstruo me persique
Como la lona al viento.
Satélite fantasma
De un astro pensativo
O trasgo siempre errátil
De un muerto vengativo.
El clásico tormento,
Un monstruo me persigue
Como la lona al viento.
Satélite fantasma
De un astro pensativo
O trasgo siempre errátil
De un muerto vengativo.
Es viejo y es rugoso
Como un arial eterno,
Su barba, más estéril
Que un pino en el Invierno.
En su pupila turbia
Donde Satán reposa
En veces hay presagios
De una nube tempestuosa,
Y en veces se ve en ella
Brillar la lastimera
Desolación del trágico
San Pablo de Rivera.
Y es puñal otras veces
Que en el pecho se espacia
Como las firmes hojas
Forjadas en Dalmacia.
De insatisfechas ansias
Hablan en su semblante,
Sus túmidas varices
De palafrén piafante.
Cansadamente, como
Las de un gran cuadrumano,
Le cuelgan las orejas
De sátiro. Y su mano
Que sabe de las flechas,
Es gruesa y dilatada
Como cadera informe
De una mujer gozada.
Hay en sus palideces
El infamante brillo,
La sordidez del sórdido
Mendigo de Murillo.
Los harapos, banderas
Palpitantes al viento
Del odio, mal le cubren
Las carnes. El lamento
Golpeante de la tisis
Remece sus pulmones.
(Jaulas que se derrumban
A un forcejear de leones.)
Y bajo sus andrajos
Una gran llaga impera,
La llaga que la carne
De Job ya conociera.
De un borroso diseño,
De un satánico esbozo,
Parece su figura
Salida.
Trozo á trozo,
A vera de los campos
Esparce su carroña,
Negros brotes que un árbol
De Maldición retoña.
El repugnante aroma
De los grandes protervos
Los caminos le puebla
De bandadas de cuervos,
Menos negros que el fondo
De su interno edificio
Donde entre ruinas yergue
Su ígneo Trianón el Vicio;
Y reinan, capitanes
De ejércitos triunfales,
Los siete omnipotentes
Pecados Capitales.
Lujuria le consume
Como un incendio á un monte.
Tal asieron las sierpes
Al viejo Laoconte.
Por sus arterias, causes
De purulento riego,
Hace correr efímeras
Cataratas de fuego.
Y movimientos pone
Temblorosos y tardos
En sus dedos, sarmientos
De ponzoñosos cardos.
Los lobos de la Ira
Que en sus apriscos duermen
Le muerden las mejillas,
Que pústulas en germen
Semejan. Y él semeja,
Con la lengua jadeante
Y los ojos cansados,
Un reo agonizante.
Envidia le extravía
La punzante mirada,
Cuando Pierrot pasea
Del brazo de su amada,
O cuando Colombina
Regocija á Febrero
Con un reír jocundo,
Con su charlar ligero.
Pereza, su nodriza
De pezón rojo y tierno,
Se abandona en los valles
Que ha blanqueado el Invierno.
Allí, resto aventado
Por insegura mano,
Sus harapos negrean
Sobre el blanco océano.
Y nada, ni la nieve
Que enfanga, ni los vientos
Helados que le rajan
Los labios supurentos,
Ni la coz de la bestia
Que lleva al campesino
Rumbo á su choza, nada
Se arroja del camino,
Mientras el Sol en su alto
Belvédere se encierra
Y duermen infecundas
Las ubres de la Tierra.
Pesa sobre mis hombros
El clásico tormento,
Un monstruo me persique
Como la lona al viento.
Satélite fantasma
De un astro pensativo
O trasgo siempre errátil
De un muerto vengativo.
lunes, 21 de noviembre de 2011
ej. IV
De lo que un genovés dijo a su alma cuando se quería morir
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le contaba su hecho de esta manera:
"Patronio, yo tengo, loado sea Dios, mi hacienda en bastante buen estado y en paz, y todo lo que me cumple según mis vecinos y mis iguales, y quizá más. Y algunos me aconsejan que comience un hecho de muy gran aventura y muy peligroso, y yo tengo mucho deseo de hacer aquello que me aconsejan; pero por la confianza que tengo en vos no lo quise empezar hasta que con vos hablase y os rogase que me aconsejaseis lo que en ello hiciere."
"Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, para que en este hecho hagáis lo que más os conviene agradaríame que supieseis lo que aconteció a un genovés."
El conde le rogó que le dijese cómo fuera aquello, y Patronio le dijo:
"Señor conde Lucanor, un genovés era muy rico y bienandante, según sus vecinos, y aquel genovés cayó muy enfermo, y cuando entendió que no podía escapar a la muerte, hizo llamar a sus parientes y a sus amigos, y cuando todos se hallaron con él, envió en busca de su mujer y de sus hijos, y se asentó en un palacio muy bueno de donde se veían la mar y la tierra, e hizo traer ante sí todo su tesoro y todas su joyas; y cuando todo lo tuvo ante sí comenzó, a manera de entretenimiento a hablar de este modo a su alma:
"-Alma, yo veo que tú te quieres separar de mí, y no sé por qué lo haces; pues si tú quisieres mujer e hijos, bien los ves aquí delante, tales de que te debes dar por contenta; si quieres parientes y amigos, aquí ves a muchos y muy buenos, y muy honrados; y si quieres muy gran tesoro de oro, y de plata, y de piedras preciosas, y de joyas, y de paños, y de mercaderías, tú tienes aquí tanto de ello, que no te hace falta más; si tú quieres naves y galeras que te ganen y te traigan grandes riquezas y grandes honores, velas ahí donde están en el mar, que se ven de este palacio; y sí quieres caballos y mulas, y perros para cazar y tomar placer, y juglares para darte alegría y solaz, y muy buena vivienda muy alhajada de camas y estrados y de todas las demás cosas que en ella son menester, de todas estas cosas no te falta nada; y pues tanto bien tienes, y no te das por satisfecha ni puedes sufrir el bien que tu tienes, y con todo esto no quieres quedarte aquí y quieres buscar lo que no conoces, de aquí en adelante ve con la ira de Dios, y será muy necio quien de ti se doliere por el daño que te sobrevenga.
"Y vos, señor conde Lucanor, pues loado sea Dios estáis en paz y con bien, y con honra, entiendo que no sería de buen recaudo aventurar esto, y comenzar lo que decís que os aconsejan; pues quizá estos vuestros consejeros os lo dicen porque saben que cuando en el hecho os vieren metido, por fuerza habréis de hacer lo que ellos quisieren y tendréis que seguir su voluntad cuando os vieres en gran menester, así como ellos siguen la vuestra ahora que estáis en paz; y quizá piensan que mediante vuestro pleito enderezarán ellos sus asuntos, lo que no pueden arreglar mientras vos vivieres en sosiego y os acontecería lo que decía el genovés a su alma.
Más, por mi consejo, en tanto pudieres tener paz y sosiego sin mengua de vuestra honra, no os metáis en cosas en que todo lo debáis aventurar; pues la guerra y el pleito, dijo el sabidor, comienzan en punta de aguja y acaban en quintal de hierro."
Al conde le plugo mucho este consejo que Patronio le dio, y así lo hizo, y se halló muy bien.
Y cuando don Juan halló este ejemplo, túvolo por bueno, y no quiso hacer nuevos versos, sino que le puso una sentencia que dicen las viejas en Castilla.
Y la sentencia dice así:
Quien bien sentado está no se levante.
Un día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le contaba su hecho de esta manera:
"Patronio, yo tengo, loado sea Dios, mi hacienda en bastante buen estado y en paz, y todo lo que me cumple según mis vecinos y mis iguales, y quizá más. Y algunos me aconsejan que comience un hecho de muy gran aventura y muy peligroso, y yo tengo mucho deseo de hacer aquello que me aconsejan; pero por la confianza que tengo en vos no lo quise empezar hasta que con vos hablase y os rogase que me aconsejaseis lo que en ello hiciere."
"Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, para que en este hecho hagáis lo que más os conviene agradaríame que supieseis lo que aconteció a un genovés."
El conde le rogó que le dijese cómo fuera aquello, y Patronio le dijo:
"Señor conde Lucanor, un genovés era muy rico y bienandante, según sus vecinos, y aquel genovés cayó muy enfermo, y cuando entendió que no podía escapar a la muerte, hizo llamar a sus parientes y a sus amigos, y cuando todos se hallaron con él, envió en busca de su mujer y de sus hijos, y se asentó en un palacio muy bueno de donde se veían la mar y la tierra, e hizo traer ante sí todo su tesoro y todas su joyas; y cuando todo lo tuvo ante sí comenzó, a manera de entretenimiento a hablar de este modo a su alma:
"-Alma, yo veo que tú te quieres separar de mí, y no sé por qué lo haces; pues si tú quisieres mujer e hijos, bien los ves aquí delante, tales de que te debes dar por contenta; si quieres parientes y amigos, aquí ves a muchos y muy buenos, y muy honrados; y si quieres muy gran tesoro de oro, y de plata, y de piedras preciosas, y de joyas, y de paños, y de mercaderías, tú tienes aquí tanto de ello, que no te hace falta más; si tú quieres naves y galeras que te ganen y te traigan grandes riquezas y grandes honores, velas ahí donde están en el mar, que se ven de este palacio; y sí quieres caballos y mulas, y perros para cazar y tomar placer, y juglares para darte alegría y solaz, y muy buena vivienda muy alhajada de camas y estrados y de todas las demás cosas que en ella son menester, de todas estas cosas no te falta nada; y pues tanto bien tienes, y no te das por satisfecha ni puedes sufrir el bien que tu tienes, y con todo esto no quieres quedarte aquí y quieres buscar lo que no conoces, de aquí en adelante ve con la ira de Dios, y será muy necio quien de ti se doliere por el daño que te sobrevenga.
"Y vos, señor conde Lucanor, pues loado sea Dios estáis en paz y con bien, y con honra, entiendo que no sería de buen recaudo aventurar esto, y comenzar lo que decís que os aconsejan; pues quizá estos vuestros consejeros os lo dicen porque saben que cuando en el hecho os vieren metido, por fuerza habréis de hacer lo que ellos quisieren y tendréis que seguir su voluntad cuando os vieres en gran menester, así como ellos siguen la vuestra ahora que estáis en paz; y quizá piensan que mediante vuestro pleito enderezarán ellos sus asuntos, lo que no pueden arreglar mientras vos vivieres en sosiego y os acontecería lo que decía el genovés a su alma.
Más, por mi consejo, en tanto pudieres tener paz y sosiego sin mengua de vuestra honra, no os metáis en cosas en que todo lo debáis aventurar; pues la guerra y el pleito, dijo el sabidor, comienzan en punta de aguja y acaban en quintal de hierro."
Al conde le plugo mucho este consejo que Patronio le dio, y así lo hizo, y se halló muy bien.
Y cuando don Juan halló este ejemplo, túvolo por bueno, y no quiso hacer nuevos versos, sino que le puso una sentencia que dicen las viejas en Castilla.
Y la sentencia dice así:
Quien bien sentado está no se levante.
domingo, 13 de noviembre de 2011
obstineto
Absorber corroer, recluido todo en el mismo espacio
Inmerso todo en uno miseria, alegrías, varias parecen
Mirar sin comprender ya basado en un cal grisáceo
Novedades elocuentes, y ver como a la luz padecen
Contar con el principio
Del tinte lascivo
Evitando lo creado
Dar para no recibir
La luz que no has de sentir
El mal perfeccionado
La del mal lacerado
Y el instinto premeditado
De aquel otro, ausente
Aunque lo recluya
Sin que lo diga
La elevación, que prosiga
Inmerso todo en uno miseria, alegrías, varias parecen
Mirar sin comprender ya basado en un cal grisáceo
Novedades elocuentes, y ver como a la luz padecen
Contar con el principio
Del tinte lascivo
Evitando lo creado
Dar para no recibir
La luz que no has de sentir
El mal perfeccionado
La del mal lacerado
Y el instinto premeditado
De aquel otro, ausente
Aunque lo recluya
Sin que lo diga
La elevación, que prosiga
miércoles, 9 de noviembre de 2011
-Pero ¿qué dices? como has de saber, ya que después de todo, era algo obvio para Alejandro, la doctrina mágica sostiene que en el mundo prehistórico hubo varios linajes humanos antagónicos. Conocemos tres, por lo menos: el Homo simius, el hombre antropoide y el Homo saurus, es decir, nosotros. Además de otros linajes esparcidos por el globo, pero de menor importancia. Ahora bien, el Homo saurus es inconmensurablemente el linaje más antiguo, que data de comienzos en la Era Secundaria, en tanto que los simii y los antropoides son varios centenares de millones de años más jóvenes. Además, nuestra especie era al principio de sangre fría, a imagen y semejanza del Príncipe de la Oscuridad...
-Padre, esas tonterías pedantes no son...
-A imagen del Príncipe de la Oscuridad... ¡A vosotros, jóvenes mequetrefes, no os interesa aprender! En mi juventud era diferente... Pero dejemos eso... Tonterías pedantes, ¡habráse visto! Los eruditos han adivinado bien que nuestro mundo no es más que uno entre muchos alquímicamente concebibles.
en algunos otros mundos de la posibilidad, por tomar un caso extremo, es probable que el Homo saurus se haya extinguido por completo... en la gran batalla de Itssobeshiquetzilaha, digamos, hace más de tres millones mil setecientos años. El resultado sería un mundo de pesadilla en el que alguna otra raza humana tendría la supremacía y Malacia jamás habría existido...
¡Supremacía!, pensé. Aquí, en mi hogar, jamás nos habíamos aproximado ni siquiera a la igualdad.
-Padre, esas tonterías pedantes no son...
-A imagen del Príncipe de la Oscuridad... ¡A vosotros, jóvenes mequetrefes, no os interesa aprender! En mi juventud era diferente... Pero dejemos eso... Tonterías pedantes, ¡habráse visto! Los eruditos han adivinado bien que nuestro mundo no es más que uno entre muchos alquímicamente concebibles.
en algunos otros mundos de la posibilidad, por tomar un caso extremo, es probable que el Homo saurus se haya extinguido por completo... en la gran batalla de Itssobeshiquetzilaha, digamos, hace más de tres millones mil setecientos años. El resultado sería un mundo de pesadilla en el que alguna otra raza humana tendría la supremacía y Malacia jamás habría existido...
¡Supremacía!, pensé. Aquí, en mi hogar, jamás nos habíamos aproximado ni siquiera a la igualdad.
lunes, 31 de octubre de 2011
Si a la pelambre de los güeldos lía, caparazón de anís, la sobreceja,
enarca sus trebejos un aceite de alambre. El encarnado pie, si avanza,
atrácase, en la remolina de los pliegues, en los pegasos de limozul
asaetinados en el brete, que se emberretan en el vuelto: el derrame de
flejos sobre las cejas almendradas. Almena, almena da a castillo sobre-
ceja que si líquenes vierte sesgo aceza. Jadea, en esa almena, el casti-
llejo regodeante, el zalameo de las tejas en el peje jaspeado del alambre.
El cinto, de las cinchas, en el empeine terciopelo casca las limbas del
jabón. El vierte, si prepucio, sobre la lima azul el atorrante jopo de
la jarcia, el limonero de la leche en el dije de chambre. La chambona,
campera, campechana, si se olvidaba la campana, era por acezas las
ristras del jadeante, esterillarlo en cremas de calambre, en paniazul
nostalgia paniaguada de un desagüe rellano. En esa incertidumbre,
vespertina, del jadeo al masaje, del raye del Luis XV en la manguera de
la calle, jopo, esa aspereza de la chapa, guiño, el parpadear errante y fijo.
Renguea al ramonear la pestaña de nylon de la mirada que se aplasta.
domingo, 30 de octubre de 2011
Tengo ha veinte años en la carne hundido
-y es caliente el puñal-
un verso enorme, un verso con cimeras
de pleamar.
De albergarlo sumisa, las entrañas
cansa su majestad.
¿Con esta pobre boca que ha mentido
se ha de cantar?
Las palabras caducas de los hombres
no han el calor
de sus lenguas de fuego, de su viva
tremolación.
Como un hijo, con cuajo de mi sangre
se sustenta él,
y un hijo no bebió mas sangre en seno
de una mujer.
¡Terrible don! ¡Socorradura larga
que hace aullar!
El que vino a clavarlo en mis entrañas
¡tenga piedad!
Al mismo tiempo la escena que le ofrecía ante ellos giró hacia él, como la blanca mano amenazadora de un policía de tráfico; pensó que sólo con extender los dedos podría tocar al médico que trabajaba en el lado derecho de la mesa, cosiendo la incisión, o a la enfermera que enyesaba y vendaba al paciente, o que quizá extendía la sábana sobre el cuerpo; y a estas horas de cegadora luz boreal, le pareció que todos estos vendajes eran sucesivamente rasgados y aplicados sobre su propio lacerado espíritu.
¿O acaso estaba muerto? ¡Ajá, mira cómo el cirujano hace la incisión en el pie del cadáver! ¿Y después qué, Nostradamus? ¿Brotará la sangre? ¿O se habrá coagulado en algún órgano vital? ¡Sangra, muerto, sangra!, tranquiliza al pobre cirujano, para que no tenga que emborracharse y sufrir las convulsiones y alucinaciones del delirio; el horror a las ratas, los molinos que giran sin cesar y los Orange Bitters; sangra para que en verano él no llegue a pensar que incluso la misma Naturaleza está acribillada por el desasosiego, la ardilla neurótica y los gorriones que picotean el estiércol por el que el mulato, el criollo y el cuarterón han galopado envueltos en una nube negra de polvo; sangra para que él no tenga que pensar cuánto más bellas son las mujeres cuando agonizas, y cómo se contonean bajo los árboles que languidecen, sus pechos agitándose como capullos mecidos por un viento cálido; sangra para que no tenga que oír el aguijón de la conciencia, ni los lamentos de seres imaginarios, ni ver durante toda la noche, en las persianas, a los malos espíritus…
Etiquetas:
literatura,
Malcolm Lowry,
piedra infernal
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