miércoles, 4 de enero de 2012
Había pasado ya el mes de agosto de 1914.
Y setiembre... octubre... noviembre... diciembre...
La guerra había adoptado consecutivamente los nombres de Thann, Grand Couronné y Charleroi; luego el de Marne y la Carrera hacia el Mar; y finalmente los nombres de todas las trincheras que se extendían entre Flandes y Suiza.
Ahora, el hielo había hecho presa del frente.
Ahora, tras esa inmensa muralla invertida en la tierra, la gente toda pensó que sus costumbres y las costumbres de su pequeño universo estaban destinadas a perdurar para ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos.
Los soldados llevaban aún el mismo pantalón rojo.
en los grandes bazares aún había un sinnúmero de objetos que costaban un céntimo. Y siendo Presidente de la República el señor Poincaré, en los consejos de gobierno no reaparecerían los mismos ministros, tan conocidos ya que todos los franceses los sentían casi como parte de su propia familia. Ni siquiera la oposición había cambiado de timonel desde hacía un tercio de siglo. Su jefe era aún Clemenceau.
Sólo los moribundos sentían tal vez confusamente que se deslizaban hacia otro mundo. Y también ellos, como los demás. se aferraban al viejo.
El suboficial había recibido sus heridas en los grandes combates librados sobre el Marne, mientras el ejército alemán se batía ya en retirada. Era un soldado de carrera en la plenitud de la vida y de rasgos nítidos como los de un busto romano. Un centurión. El entrenamiento físico había endurecido en tal forma su cuerpo, que en sus primeros tiempos de hospital se deleitaba distendiendo los músculos del tórax y demostrando la asombrosa resistencia de esa suerte de coraza: en ella no penetraban las agujas.
El estallido de un obús le había abierto el vientre.
Le operaron tres veces sin anestesiarlo, pues no había cloroformo. Era la época de la sodpresa y de la indigencia.
Se carecía de todo: personal, vendas, medicinas. Los heridos llegaban con gusanos en sus llagas.
A algunos de ellos, forzados a soportar conscientes el escalpelo, las tijeras y la sierra de los cirujanos, se les sujetaba por muchos hombres robustos. Sus gritos se escuchaban desde lejos. El suboficial, en esas ocasiones, se había llenado la boca de trapo. Terminada la intervención, el trapo estaba hecho jirones, pero el suboficial no se había movido ni había dejado escapar un solo lamento. Tenía los dientes fuertes, sanos y parejos.
Durante mucho tiempo, el estado del herido no inspiró preocupación. Las operaciones habían tenido éxito.
La herida adquiría un bello color rojo. La carne poderosa trabajaba por su curación. El suboficial dormía y comía normalmente, y cada mañana pensaba con placer que se acercaba más al momento en el cual vería nuevamente a su sección. Le gustaba comandar rudamente a esos hombres rudos y reposar luego junto a muchachas de amplias caderas. Sentía con intensidad el llamado de la vida.
Pero una noche su sueño no fue tan apacible como de costumbre. Su despertar no fue normal, y el suboficial comenzó a percibir ese olor. Era azucarado, dulzarrón. Un almizcle podrido. Como sus vecinos no lo habían percibido aún. el suboficial comprendió que emanaba de su propia persona. Cuando acudió el cirujano y deshizo los vendajes, el olor invadió de golpe toda la sala. Todos volvieron la cabeza hacia el suboficial. El cirujano se retiró con la certidumbre de que el hombre estaba perdido. Nada se podía hacer entonces contra la gangrena.
El suboficial logró resistir muchas semanas más de las que parecía posible que resistiera. El mal sólo avanzó poco a poco en ese cuerpo tan bien ajustado. Pero hacia fines del año era ya todo pobredumbre, y su olor llenaba la vasta sala con su miel fétida.
Entonces transportaron al suboficial - que ya no reconocía a nadie - a los altos del hospital, abandonándolo allí en una buhardilla. Otros necesitaban su lugar.
Hacia la medianoche, en el desván entró un muchacho con blusa blanca. Demasiado joven para ser soldado, actuaba en el hospital como camillero; no se hallaba de guardia, pero al volver a su casa sintió la necesidad de ver una vez más al hombre que había transportado a su llegada de la ambulancia al lecho, a la mesa de operaciones en repetidas oportunidades, y finalmente, a su camastro de moribundo. Había querido mucho al suboficial, porque relataba la guerra como un libro de estampas. Pero el muchacho no se atrevió a avanzar de inmediato. El olor...
Sintió que se sofocaba en un agua espesa, en un zumo de inmensas flores venenosas en descomposición. "No podré quedarme... Una mirada a su rostro... luego me iré", pensó el muchacho. Se aproximó al lecho. El suboficial tenía las mejillas de color rojo encendido. Sus ojos permanecía abiertos, pero estaban ciegos. Sólo vivía en él un débil estertor y sus dedos que parecían buscar algo. El joven camillero cogió un taburete de paja y se sentó junto al moribundo. Ya no pensó en partir. Se sentía incapaz de dejar al suboficial solo en su lucha monstruosa.
Lo retenía también una curiosidad invencible, casi augusta. Su mano tocó esas manos que se agitaban sin cesar y de inmediato fue su prisionero. La mano del suboficial había encontrado al fin lo que le era indispensable: otra mano. Y éstas permanecieron ligadas durante horas en el olor dulce y negro de la gangrena. Cuando agotado y deshecho, el joven camillero intentaba cambiar de posición, se lo impedía una presión casi insensible, a la que nada podía rehusar.
En el hospital se reanudó el servicio. Una enfermera, tan joven y frágil que parecía una pequeñuela, abrió de pronto la puerta. Retrocediendo levemente a causa del olor, pero viendo al visitante, se aproximó rápidamente a él y le dijo con voz ahogada:
-¿Tú aquí?¿Toda la noche, Richard? Vete a casa...
Yo velaré.
-Imposible, Cri-Cri-susurró el joven.
Y le enseñó su mano cautiva. Juntos esperaron el fin.
La mano del suboficial cayó, y la muchacha le cerró los ojos.
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