jueves, 5 de enero de 2012
¡Oh, cuán efímeros se tornan mis días!
La arrogancia y el orgullo
irrumpen sin reyes ni césares.
Ya no quedan maestros generosos como los de antaño,
esos que idearon las primeras hazañas del mundo,
gloriosos en sus vida, renombrados en las canciones.
Quienes han blandido el escudo del honor y el señorío
se alejan;
el fervoroso esplendor de las viejas espadas de a poco se
mustia.
¡Dolorosa ventura! Débiles y pusilánimes
ahora nos gobiernan,
al amparo de la luz agonizante
de las dilaciones y la cobardía.
¡Cuánta añoranza en la nobleza perdida:
espíritus ardientes, pensamientos poderosos!
Él lo sabe y se lamenta: conoce a sus compañeros
perdidos,
hombres fuertes y leales devorados por las mareas,
conducidos oscuramente por las mismas olas
hacia el umbrío páramo que se extiende en el fondo del
océano.
Cada vez que la vida cede, el cartílago afloja;
asalta la edad y los rostros se ajan:
entonces ya no habrá congojas ni deleites para el cuerpo.
Mañana volverá al silencio;
los miembros estarán crispados, en eterna rigidez:
carne yerta, despojada de vida,
incapaz de saborear lo dulce o de sentir el roce de la pena.
Un hombre puede sepultar a sus hermanos muertos
cubriendo sus tumbas con todo el oro
que les perteneció; sus cuerpos enterrados serán así
el más preciado de sus tesoros.
Pero el oro que acumularon en este mundo
no podrá aliviar la ira de Dios
ante sus almas cargadas de culpas,
que en poco tuvieron los favores del cielo.
Caro es el precio de la vida.
De nada sirve jactarse de la fama o la abundancia.
No hay dádivas que sean capaces de sobornar
los inescrutables designios de Dios.
El sabio y el necio perecen por igual.
Sus tumbas serán sus moradas para siempre
aunque nombre a su tierra hayan puesto.
Por eso bienaventurados los humildes,
aquellos que al cielo temen
y ponen sus almas a disposición del Señor.
El pesar desgarra sus ojos:
entre despojos recuerda a sus mayores, sus compañeros
caídos,
en la hora postrera, pasto de gusanos, heridos por el
destino,
estremecidos por las garras de la muerte
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y los maestros seguirán idos. Resta en nosotros seguir sus enseñanzas o replicarlas.
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