Pesa sobre mis hombros
El clásico tormento,
Un monstruo me persigue
Como la lona al viento.
Satélite fantasma
De un astro pensativo
O trasgo siempre errátil
De un muerto vengativo.
Es viejo y es rugoso
Como un arial eterno,
Su barba, más estéril
Que un pino en el Invierno.
En su pupila turbia
Donde Satán reposa
En veces hay presagios
De una nube tempestuosa,
Y en veces se ve en ella
Brillar la lastimera
Desolación del trágico
San Pablo de Rivera.
Y es puñal otras veces
Que en el pecho se espacia
Como las firmes hojas
Forjadas en Dalmacia.
De insatisfechas ansias
Hablan en su semblante,
Sus túmidas varices
De palafrén piafante.
Cansadamente, como
Las de un gran cuadrumano,
Le cuelgan las orejas
De sátiro. Y su mano
Que sabe de las flechas,
Es gruesa y dilatada
Como cadera informe
De una mujer gozada.
Hay en sus palideces
El infamante brillo,
La sordidez del sórdido
Mendigo de Murillo.
Los harapos, banderas
Palpitantes al viento
Del odio, mal le cubren
Las carnes. El lamento
Golpeante de la tisis
Remece sus pulmones.
(Jaulas que se derrumban
A un forcejear de leones.)
Y bajo sus andrajos
Una gran llaga impera,
La llaga que la carne
De Job ya conociera.
De un borroso diseño,
De un satánico esbozo,
Parece su figura
Salida.
Trozo á trozo,
A vera de los campos
Esparce su carroña,
Negros brotes que un árbol
De Maldición retoña.
El repugnante aroma
De los grandes protervos
Los caminos le puebla
De bandadas de cuervos,
Menos negros que el fondo
De su interno edificio
Donde entre ruinas yergue
Su ígneo Trianón el Vicio;
Y reinan, capitanes
De ejércitos triunfales,
Los siete omnipotentes
Pecados Capitales.
Lujuria le consume
Como un incendio á un monte.
Tal asieron las sierpes
Al viejo Laoconte.
Por sus arterias, causes
De purulento riego,
Hace correr efímeras
Cataratas de fuego.
Y movimientos pone
Temblorosos y tardos
En sus dedos, sarmientos
De ponzoñosos cardos.
Los lobos de la Ira
Que en sus apriscos duermen
Le muerden las mejillas,
Que pústulas en germen
Semejan. Y él semeja,
Con la lengua jadeante
Y los ojos cansados,
Un reo agonizante.
Envidia le extravía
La punzante mirada,
Cuando Pierrot pasea
Del brazo de su amada,
O cuando Colombina
Regocija á Febrero
Con un reír jocundo,
Con su charlar ligero.
Pereza, su nodriza
De pezón rojo y tierno,
Se abandona en los valles
Que ha blanqueado el Invierno.
Allí, resto aventado
Por insegura mano,
Sus harapos negrean
Sobre el blanco océano.
Y nada, ni la nieve
Que enfanga, ni los vientos
Helados que le rajan
Los labios supurentos,
Ni la coz de la bestia
Que lleva al campesino
Rumbo á su choza, nada
Se arroja del camino,
Mientras el Sol en su alto
Belvédere se encierra
Y duermen infecundas
Las ubres de la Tierra.
Pesa sobre mis hombros
El clásico tormento,
Un monstruo me persique
Como la lona al viento.
Satélite fantasma
De un astro pensativo
O trasgo siempre errátil
De un muerto vengativo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario