domingo, 30 de octubre de 2011


Al mismo tiempo la escena que le ofrecía ante ellos giró hacia él, como la blanca mano amenazadora de un policía de tráfico; pensó que sólo con extender los dedos podría tocar al médico que trabajaba en el lado derecho de la mesa, cosiendo la incisión, o a la enfermera que enyesaba y vendaba al paciente, o que quizá extendía la sábana sobre el cuerpo; y a estas horas de cegadora luz boreal, le pareció que todos estos vendajes eran sucesivamente rasgados y aplicados sobre su propio lacerado espíritu.


¿O acaso estaba muerto? ¡Ajá, mira cómo el cirujano hace la incisión en el pie del cadáver! ¿Y después qué, Nostradamus? ¿Brotará la sangre? ¿O se habrá coagulado en algún órgano vital? ¡Sangra, muerto, sangra!, tranquiliza al pobre cirujano, para que no tenga que emborracharse y sufrir las convulsiones y alucinaciones del delirio; el horror a las ratas, los molinos que giran sin cesar y los Orange Bitters; sangra para que en verano él no llegue a pensar que incluso la misma Naturaleza está acribillada por el desasosiego, la ardilla neurótica y los gorriones que picotean el estiércol por el que el mulato, el criollo y el cuarterón han galopado envueltos en una nube negra de polvo; sangra para que él no tenga que pensar cuánto más bellas son las mujeres cuando agonizas, y cómo se contonean bajo los árboles que languidecen, sus pechos agitándose como capullos mecidos por un viento cálido; sangra para que no tenga que oír el aguijón de la conciencia, ni los lamentos de seres imaginarios, ni ver durante toda la noche, en las persianas, a los malos espíritus…

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