En aquél compendio el fatídico arrastrar de pies que ni disminuía y no se alejaba, en una galopa abstracta de métrica lisonjera acusaba mi percepción acreeyéndome del divino juicio.
A veces parando sin dejar de, -como un encantador sin serpientes atisbando insectos para su abyecta sinfonía- efectuar el metrónomo de rayos luz, golpeándome iris y párpado sin prescindir del destapado pestañeo, dejando la sonora luz y el fatigoso ritmo de pasos, chinchineros puntapiés de compases de los que no fecunda el verbo. Desasosiegos de ideas ya compactadas e inmersas en el eco.
Cansado ya de la intriga en busca de las huellas de aquel marchar sin ganas, dejé ese balanceo estúpido que estrepitosa y burdamente daba el contacto tierra de suela inverosímil con el suelo, desdichado a no merecer una respuesta ante el abismo de la imagen omni-colora y en leve éxtasis fui devuelto a la mundana realidad de un arrebato donde Carmen Gloria me acordaba el desagravio que le infligía verme revoloteando el pié contra el suelo en acto seguido.
...Y de quién son esos pasos!? callenlos ya!
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