viernes, 9 de septiembre de 2011

VIII

   
 

Paseaba por un callejón del cementerio.
Entre lápidas grises y sombrías yedras, de pronto aca-
rició mis ojos una nota de luz y calor.
Era una rosa té.
Acerquéme a ella y le hablé con aquel lenguaje que
sólo poseemos los enamorados del color azul, el lenguaje
que se habla a las flores y piedras preciosas y le pre-
gunté.
¿De dónde vienes Princesa Té?
Abrió sus pétalos la rosa embalsamando a la Necrópolis,
y con voz de ramaje y de fuente me contestó:
Fue mi cuna un cráneo joven. Mis pétalos son las ho-
ras de amor de una doncella que se olvidó de despertar
a los quince años.
Ella duerme, y yo canto sobre su lecho la canción de
sus besos a ruiseñores y alondras.
Al venir la noche el ruiseñor refresca su lírica garganta
en la primera perla de rocío que me regala el sereno,
y cuando amanece, la alondra viene a buscar en mi
corazón la dulzura con que ha de despertar a los hom-
bres del mundo vivo.
El graznido de un cuervo silenció la voz de la rosa que
se recogió en sus pétalos tímida e infantil.
Me postré entonces sobre la piedra, y con aquel len-
guaje que se habla a las flores, dejé a la doncella
muerta.
Dueme juvenilia, soñando con el amor que te encen-
dió el alma.
La tierra es un amado con labios narcóticos y carne
de pétalos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario